Oración del día Viernes, 18 de agosto

 

Es muy reconfortante saber que tú, querido Jesús, velas y te preocupas por cada una de las personas que estamos en el mundo; que velas y te ocupas de mí en lo particular, pues así nos lo has hecho saber: “No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán”. (Jn.14.18-19).

Esa promesa que hiciste de no abandonarnos, de no abandonarme ni dejarme huérfano, la ratificas de muchas formas, pero una de las que más me llaman la atención es esa afirmación que hiciste, en la que declaras ser alimento de vida: “Yo soy el pan de vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed.” (Jn.6.35).

Me donas tu carne como alimento y tu sangre como bebida, para llenarme de vida y unirte a mí de una manera muy especial: “En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes” (Jn.6.53). “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.” (Jn.6.54-55).
Y para aclarar esas afirmaciones, que resultaron ser escandalosas para algunos de los que te escuchaban; la noche antes de morir, estando cenando con tus apóstoles, tomaste el pan, lo bendijiste, lo partiste y se lo diste a quienes estaban contigo diciendo: “Tomen y coman: esto es mi cuerpo” (Mt.26.26) Y en seguida, tomaste una copa, y después de dar gracias se las diste diciendo: “beban de ella todos; porque esto es mi sangre de la nueva alianza, que por muchos será derramada para el perdón de los pecados”. (Mt.26.27-28).

Que maravillosa manera de entregarnos lo mejor de ti mismo, de hacerte presente entre nosotros y quedarte para acompañarnos, escucharnos, consolarnos y ayudarnos. Que regalo tan grande al convertirte en nuestro alimento de vida y estar disponible para alimentar, de manera particular, a cada uno de nosotros.
Gracias, Señor Jesús por querer ser para mí el pan de vida. “El pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera”. (Jn.6.50). Gracias Señor por transmitirme vida, a través de la donación que me haces de tu cuerpo y de tu sangre. Amén.

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