Oración del día Sábado, 30 de Septiembre

Con esa manera tan especial que tienes tú, Jesús, para decir las cosas, me haces ver que soy sal: “Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal se hace insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. (Mt.5.13).

Y si me pongo a pensar en eso que me dices, me hace mucho sentido, pues la sal no es la protagonista en los alimentos; cada alimento tiene su propio sabor y la sal, solamente ayuda a resaltar ese sabor, a hacer que ese sabor se acentúe.

De igual manera, querido Jesús, en tu relación conmigo, tú eres el centro, el verdadero alimento y el auténtico sabor; y por lo mismo, a mí, como sal, solamente me corresponde hacer que tú sigas siendo el protagonista, poner de mi parte para que tú sobresalgas, ayudar a que se note tu presencia entre nosotros.

Enséñame Señor a ser humilde, como la sal, a no querer ocupar tu lugar, a hacer todo lo que esté de mi parte, para asegurar que siempre tú seas el centro, el origen y el fin de todo, pero a la vez, a convertirme en alguien que colabora contigo, que ayuda a que los demás te descubran, te valoren y te aprecien.

Tú, Jesús, eres mi Señor y mi Dios y yo quiero ser solamente la sal, un medio, un apoyo, alguien que colabora contigo.

Concédeme Señor ser suficientemente realista y humilde, para darte a ti tu lugar, haciendo mías las palabras de Juan el Bautista: “Es necesario que él crezca, pero que yo disminuya”. (Jn.3.30). Amén.

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